Razones para la esperanza

por Silvio Bueno ss.cc., Director Pedagógico del Colegio San José SS.CC.

Cuando terminaba diciembre estuve revisando con un funcionario de la Delegación de Educación nuestras cosas. Entre otras cuestiones, le hablaba de una dimensión de "otros gastos" que debería financiar la administración y que anualmente suelen sumar algo más de veinte millones. Yo también trataba de hacerle ver los problemas que, para los centros concertados, auguraba la nueva ley y las dificultades propiamente educativas que se extenderían a todos los centros. El funcionario, aprovechando la ocasión, comenzó a hilar diversos argumentos. Extrañamente, convenía conmigo en que la situación de la enseñanza era difícil en Andalucía; es más, en toda la sociedad, a causa del desprestigio de la escuela, de los profesores y de los graves problemas de la juventud. Al final me sugería que muchas congregaciones iban dejando los colegios y que quizás eso era un signo de los tiempos. Quizás habría que ceñirse sólo a los mínimos legales, procurar una educación aséptica y que cada uno aguante en su familia. Quizás había llegado el momento de cerrar.


De vuelta a casa y, cansado por el primer trimestre que acababa, surgía en mí la tentación en forma de ficticio descanso. ¿Deberíamos dejar este tipo de trabajos en la Congregación?

Al llegar a mi despacho me encontré con un pequeño regalo. El detalle consistía en una foto enmarcada que mostraba el día de la celebración del mercadillo quijotesco en las recientes fiestas de la Inmaculada. En ella aparecíamos juntos diversas personas disfrazadas para la ambientación de ese día. Un evidente Sancho Panza, varias Dulcineas, damas de la corte de los duques -imagino-, algún clérigo, un arriero, un bufón y un pequeño bachiller.

Recordé que aquel día había sido muy bonito. Pero no sólo por la genial ambientación, sino porque mucha gente había pensado en su colegio y reunía en el mismo ámbito a la dirección, a los alumnos grandes y pequeños, al personal de administración y servicios, a los padres y a profesores de todos los niveles. Nuestro proyecto de vivir juntos con creatividad, siendo cada uno quien es, en su edad, en su momento profesional o formativo, en su vocación, se concretaba en la imagen de aquel marco. Recordé cómo desde la noche anterior estuvimos ensamblando los carros profesores, niños y padres porque teníamos la ilusión y el miedo de lo que ocurriría al día siguiente. El día siguiente fue maravilloso y puso digno colofón a nuestras celebraciones. Todo fue cansado, pero todo fue bueno. Y pensé que también era bueno ofrecerle a la sociedad proyectos creativos de unión de generaciones y personas distintas que convivían en paz y, pasándoselo bien, aprendían de lo que son sus raíces, su cultura.

Mantengo la foto en mi cuarto para que me oriente. Para que no vea el Colegio sólo desde mi perspectiva, para que piense siempre en la globalidad y el entorno de cada persona que se acerca al "cole", para no perder de vista la misión de sociedad y de Iglesia que se nos encomienda: procurar espacios de crecimiento integral que alimenten sanamente -evangélicamente- nuestra sociedad.

Mentalmente le respondí al funcionario: el corazón, la ilusión y los ideales no sobrevivirán en un colegio por la sola ley, sino por el amor a las personas, la ilusión por el Reino y porque religiosos, padres, profesores o personal, y alumnos vamos todos caminando en el mismo sentido. No cerramos, señor funcionario. Hay mucha vida esperando.