por Carlos Colón en "Diario de Sevilla"
¿SABRÁN, de verdad sabrán que ellos son los testigos de los Reyes Magos? Me lo preguntaba intentando navegar por las densas aguas humanas de Campana, Tetuán y Sierpes; en la larga cola ante el mostrador en el que envolvían las compras para regalos; viendo a tantas criaturas cargadas de paquetes, arrastrando bolsas, abarrotando las tiendas: ¿sabrán de verdad que ellos son los testigos, y por ello la prueba de la existencia, de los Reyes Magos? Se suele utilizar a los tres monarcas de Oriente como símbolo de la ilusión infantil rota por el conocimiento de la realidad, generalizando a partir de ello una teoría práctica de la vida en la que a la desilusión se le llama conocimiento; al pesimismo, realismo; al ideal, ensoñación; a la creencia, engaño; a la aspiración a la bondad, utopía; a la inocencia, desconocimiento; al egoísmo, sentido práctico; a la vida sin horizonte y sin hondura, madurez.
Se cuenta que una señora le dijo a un famoso pintor abstracto que pintaba como su hijo de cuatro años. El artista, lejos de ofenderse, le contestó: "¿Y sabe usted cuanto trabajo me cuesta pintar con cincuenta años como si tuviera cuatro?". La anécdota podría aplicarse a muchas parcelas de la vida, y especialmente a la cuestión de los Reyes Magos que esta noche llegarán a tantas casas a través de las manos de padres, maridos, esposas, hijos o amigos que, por hacer vicariamente de Reyes, creen que éstos no existen y miran con compasión a sus hijos pequeños, como si la ilusión y la felicidad de esta noche estuviera basada en un engaño en vez de estarlo en la más rotunda y hermosa realidad que existe, la única por la que vale la pena vivir, la que lo sostiene todo o hace que todo se derrumbe cuando no existe: el amor que nos tenemos los unos a los otros.
Hay padres tan tristes, tan desengañados, tan equivocados o tan maltratados por la vida (aunque piensen de sí mismos que han sido privilegiados con el don de la lucidez) que se creen en la obligación de decirles a sus hijos la verdad sobre los Reyes Magos para no hacerles crecer engañados o para evitarles la decepción de descubrir la para ellos triste, chata y reducida realidad. Cometen uno de los mayores errores de sus vidas, probablemente el mismo que algún día cometieron con ellos en procesos educativos que en vez de hacer crecer, cercenan. Error más grave si son creyentes, porque el tránsito de la ilusión a la realidad de los Reyes Magos es útil para hacer comprender a los niños que están dejando de serlo que nosotros somos las manos y el amor de Dios en el mundo, los testigos que a través de sus actos dan razón de su existencia. Tengo que agradecer a mis padres que me dijeran sin palabras, sólo queriéndome, que los Reyes Magos existen y que su realidad adulta es aún más hermosa que la metáfora (no ensoñación ni engaño) infantil de la que se revisten: los Reyes Magos son la expresión del amor de los padres a los hijos y, por extensión, del que nos tenemos (o deberíamos tenernos) los unos a los otros en nombre del Dios que acaba de nacer.