El tiempo en que vivimos impone una reflexión general acerca de la formación de las personas consagradas, ya no limitada a un período de la vida. No sólo para que sean siempre más capaces de insertarse en una realidad que cambia con ritmo muchas veces frenético, sino también porque es la misma vida consagrada la que exige por su naturaleza una disponibilidad constante en quines son llamados a ella. Si, en efecto, la vida consagrada es en sí misma “una progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo”, parece evidente que tal camino no podrá sino durar toda la vida, para comprometer toda la persona, corazón, mente y fuerzas y hacerla semejante al Hijo que se dona al Padre por la humanidad. Concebida así la formación, no sólo es tiempo pedagógico de preparación a los votos, sino que representa un modelo teológico de pensar la misma vida consagrada, que es en sí formación nunca terminada, “participación en la acción del Padre que, mediante el Espíritu, infunde en el corazón los sentimientos del Hijo”.
Por tanto, es muy importante que toda persona consagrada sea formada en la libertad de aprender durante toda la vida, en toda edad y en todo momento, en todo ambiente y contexto humano, de toda persona y de toda cultura, para dejarse instruir por cualquier parte de verdad y belleza que encuentra junto a sí. Pero, sobre todo, deberá a prender a dejarse formar por la vida de cada día, por su propia comunidad y por sus hermanos, por las cosas de siempre, ordinarias y extraordinarias, por la oración y por el cansancio apostólico, en la alegría y en el sufrimiento, hasta el momento de la muerte.
Serán decisivas, por tanto, la apertura hacia el otro y la alteridad y, en particular, la relación con el tiempo. Las personas en formación continua se apropian del tiempo, no lo padecen, lo acogen como don y entran con sabiduría en los varios ritmos (diario, semanal, mensual, anual) de la vida misma, buscando la sintonía entre ellos y el ritmo fijado por Dios inmutable y eterno, que señala los días, los siglos y el tiempo. De modo particular, la persona consagrada aprende a dejarse modelas por el año litúrgico, en cuya escuela revive gradualmente en sí los misterios de la vida del Hijo de Dios con sus mismos sentimientos, para caminar desde Cristo y desde su Pascua de muerte y resurrección todos los días de su vida.
(Caminar desde Cristo, nº5).