por Javier Álvarez-Ossorio, ss.cc
El camino estaba imposible. Las últimas lluvias han llenado todo de barro y erosiones. Acaba uno indignado con las autoridades, que no hacen nada, con esos jóvenes que se aprovechan y ponen barreras para pedir dinero en los pocos lugares por donde aun se puede pasar, y con todo el vecindario. Nadie mueve un dedo para arreglar nada. Resignados bajo el peso de la miseria. Qué desastre. Pero aquel día mi enfado encontraría cura.
Cuando llegué a Tondisa Ebale (centro de formación profesional para jóvenes no escolarizados), los aprendices de albañilería se disponían a comenzar la construcción del pavimento del terreno de deportes. Los del taller de carpintería les echaban una mano cortando los tablones para el encofrado. Unos se pusieron con el profesor a trazar con cuerdas los límites de cada una de las losas. Otros hacían la mezcla de cemento y grava. Las carretillas con piedra y hormigón circulaban de un lado para otro. No hay máquinas. Todo se hace a mano. Estilo local.
Hacía un calor sofocante, y los cuerpos brillaban al sol en medio de una actividad frenética. Una vez hecha la mezcla, hay que andar ligeros para que las losas fragüen bien.
Willy, que es el director del Centro, y yo contemplábamos el trabajo desde la sombra de una payota. “Sólo por esto, el Centro merecería la pena”, nos decíamos. ¿Dónde estarían esos jóvenes si no estuvieran aquí? Quizás perdiendo el tiempo, o molestando en el camino. Sin futuro, desempleados, entrenándose a hacer trampas con la vida para sobrevivir. Sin embargo, ahí estaban, construyendo con sus manos una pista para que ellos, y otros, puedan hacer deporte. Ahí estaban aprendiendo un oficio, trabajando en equipo con otros jóvenes que hace poco ni conocían, o con los que antes se disputaban en el barrio.
Las clases acaban a medio día, pero decidieron quedarse hasta la caída del sol. ¡Qué aguante! Por fin habían encontrado algo que los motivara.
No podemos medir el alcance de nuestras acciones. No sabemos lo que cada uno será después, ni en lo que este país caótico y deshecho se convertirá. Pero sí sabemos que el ver a esos chavales entusiasmados con su trabajo alegra el corazón, que eso tiene sentido, y que días así abren una ventana de esperanza cuando parece que nada funciona. Porque la esperanza viene de abajo, de allí donde los pobres saborean el gozo de construir a pesar de tanta destrucción.