El verdadero amor a los hermanos

EL VERDADERO AMOR A LOS HERMANOS:
DEL ESPÍRITU DE FAMILIA A UNA FAMILIA EN EL ESPIRITU.

Cuando hablamos en nuestra congregación de “espíritu de familia”: ¿hablamos de un espíritu con mayúscula o con minúscula? Podríamos decir que donde no hay “espíritu de familia” falta “vida en el Espíritu”, es verdad, y que lo mejor que pueden decir de nosotros es ese “mirad cómo se aman”. Pero también es verdad que ese “espíritu de familia” tan comentado puede llegar a ser muy ambiguo espiritualmente. Todo dependerá de la fuente de esa “familiaridad”. El siguiente texto está pensado para la vida religiosa contemplativa, por lo tanto no es directamente aplicable a nuestras comunidades, pero al menos puede ser asumido por ellas al poner bien claro cuál debe ser el Espíritu que anime nuestras comunidades.

“Dice San Juan de la Cruz que debemos tratar a nuestros compañeros de comunidad como si no estuvieran allí. Esta afirmación puede ser trágica y equivocadamente interpretada por quien no sepa con precisión lo que el santo pretende trasmitir. Ciertamente no quiere decir que debamos sofocar nuestro amor espontáneo y vivir como criaturas carentes de sensibilidad y afecto. En realidad, esto sería un pecado no sólo contra la caridad sino también contra la templanza (la insensibilidad es un pecado contra la templanza, según Santo Tomás). Por el contrario el santo supone una situación muy especial: una comunidad de contemplativos en la que todos tienen una llamada definida a la unión contemplativa con Dios, y esta unión, secreta, silente, no excluye en realidad la unión fraterna, sino que, por el contrario, la contiene en sí misma. Quienes viven la vida contemplativa en este nivel son los que están más estrechamente unidos a los otros, en proporción a su crecimiento en la unión espiritual con Dios. Por lo tanto, San Juan de la Cruz es sin duda muy sabio al advertirles contra la tentación de preocuparse unos por otros en un nivel más exterior y convencional, lo que, en realidad, les impediría crecer en la verdadera delicadeza del amor. La experiencia en la vida contemplativa nos muestra que la confusión espiritual espera a quien cede al impulso insensato y sentimental con el pretexto de la caridad, haciéndole perder las primicias de la oración con una preocupación absurdamente inútil por la vida de los que le rodean. Se convierten en nada más que entrometidos sentimentales, que alteran el orden de la comunidad, la paz de sus compañeros y la acción secreta del Espíritu Santo.” (Tomas Merton)