"Vida y muerte"

por Javier Álvarez-Ossorio, ss.cc


Nada más llegar a la provincia de Sofala, me entero que Gilda, nuestra cocinera de Inhaminga, acaba de dar a luz su segundo hijo. El primero es todavía un bebé, que va con ella a todas partes liado con un paño a su espalda. La felicito y nos alegramos con la joven madre, deseando lo mejor para esta nueva vida que comienza y que manifiesta, una vez más, la fuerza de la fecundidad en estos pueblos a los que servimos.

En Beira, sin embargo, el señor Fernando, que trabaja en nuestra casa, me dice que su hija de 26 años ha muerto hace unos días. Deja tres niños pequeños. Otra víctima más del Sida, esta enfermedad terrible que está esquilmando la juventud de Mozambique y de otras regiones de África. Tan terrible y tan cotidiana, que ya se hace banal para algunos, mientras que otros no acaban aun de creerse que existe.

Vida y muerte, codo a codo, abrazándose constantemente en cada esquina, en cada familia, en las parroquias, en los barrios, en cada uno de nosotros también. Hace poco, un profesor de universidad de Mozambique me confesaba que se siente profundamente descorazonado cada vez que entra en el aula a dar clase. Todos los días le llegan noticias de antiguos alumnos muertos al poco tiempo de acabar los estudios. “Tanta energía preparando personas que puedan enseñar a otros”, dice, “para que después se mueran enseguida”.

Los misioneros también sabemos de esa lucha entre vida y muerte. Asistimos a los enfermos, acompañamos a los moribundos, enterramos a los muertos, ayudamos a las viudas, a los huérfanos, a las madres que pierden a sus hijos. Lo hacemos desde la celebración cotidiana de la Pascua de Jesús, que nos sumerge en su misterio de vida y de resurrección. Lo hacemos pidiendo el don del Espíritu, que es Señor y dador de Vida. Un don cuyo precio es la entrega de Jesús y su partida hacia el Padre. Para que, como dijo a sus discípulos en la última cena, nuestra alegría sea completa. Una alegría que nadie puede arrancar, y que buscamos en el servicio a las personas entre las que intentamos vivir el Evangelio, y cuyas vidas suelen ser tan duras.