El Cristo de la Parroquia de los Sagrados Corazones de Sevilla

por Pedro Gordillo Vila ss.cc.

(Fotografía: Fidel Valle Alcázar)


Fijos los ojos en Él… (Hb 12,2)

No sé cuantas veces en estos últimos cuatro años he entrado por la puerta de nuestra iglesia. Seguro que más de mil. Desde que entré por primera vez en ella, antes de saber siquiera que sería aquí donde me haría religioso para siempre, hubo algo, perdón, alguien, que llamaba poderosamente la atención: era nuestro Cristo del Colegio. Por la mañana, la pintura del presbiterio y la luz natural tamizada por las vidrieras concentran nuestra mirada en el crucificado, único centro de la comunidad cristiana. Por la tarde o la noche, dos focos destacan sobre el resto la imagen de Jesús. Siempre es el centro, parece que toda la iglesia ha sido construida para que sea en él, y en nadie más, en quien fijemos nuestra atención.

Hoy me gustaría solamente que os detuvierais un minuto, que digo, unos segundos, en vuestro Cristo. Muchos de vosotros, alumnos y padres, lo habéis contemplado desde que erais niños: ¡qué suerte tenéis! Hoy os invito a hacerlo nuevamente. Me encantaría compartir con vosotros algo de lo que he aprendido de esta imagen.

Cuando estaba construyéndose la iglesia del colegio, encargaron a un monje jerónimo que vivía en el Monasterio de San Isidoro del Campo, en Santiponce, tres imágenes para decorar la “iglesia moderna que unos ‘padres blancos’ están haciendo en Los Remedios”. Ese hombre era José María Aguilar Collados (conocido como el P. José María de Madrid). Era prior de dicho monasterio y podemos encontrar obras suyas en otras parroquias y monasterios de Sevilla (Los Paules, Santa Paula, Seminario de Pilas, parroquia de la Blanca Paloma…)

Al P. José María, los que lo conocieron lo denominan como “contemplativo”. De tal manera que su obra está cargada de la oración personal y, por ello, de la experiencia religiosa que vivió. Cuentan que tras un tiempo largo de contemplación iba al taller y dedicaba un rato a trabajar en alguna obra. No llevaba mucho tiempo cuando paraba el modelado y volvía a su celda o iba a pasear y, de nuevo, regresaba al taller para continuar con el trabajo. Pues bien, así se hizo nuestro Cristo del colegio.

Otra característica de nuestro autor es que no firma sus obras. Dice que, en definitiva, sus esculturas son unos “intentos”. Y los “intentos” no se firman. Es el drama de toda creación artística: nunca se llega a lograr el ideal que está en la mente del autor. Más aún cuando ese ideal, como es el caso de José Mª, brota de una experiencia de contemplación.

No le importa en exceso el Jesús histórico a la hora de elaborar sus obras. Frente al neobarroquismo que tanto abunda en Sevilla y que pone su mirada en el detalle, en el sentimiento humano y en el particular dolor del crucificado, el P. José María va a centrar su atención en la expresión, en la actitud de Cristo y en el significado global del misterio.

Con una mirada atenta a la imagen descubrimos que no le importan los detalles: los dedos no están tallados, la parte de atrás de la cabeza (que no la ve el público) está sin modelar, ... Se ve que no quería poner énfasis en esas cosas. Lo más cuidado es la cara y tampoco podemos decir que sea de gran precisión: ojos cerrados, músculos inapreciables que muestran flaccidez, boca cerrada mostrando tensión nula. Está claro: hay que buscar la expresión, no el detalle.

Deteneos un momento en la fotografía. Es un Cristo muerto inspirado con seguridad en el relato del Evangelio de Juan. Esto lo delata la herida del costado y una particularidad propia en la que coinciden diferentes cometarios de monjes que trabajaron o vivieron con el P. Aguilar: “la actitud de entrega”. Si leemos el evangelio de Juan encontramos lo siguiente: “Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: ‘Todo está cumplido.’ E inclinando la cabeza entregó el espíritu.” Esto está muy presente en la mente del autor a la hora de realizar la obra, así como la confianza total que manifiesta Jesús a la hora de la muerte. La figura no muestra fuerza sino entrega confiada, no existen escorzos ni rudeza en el modelado sino simplicidad y gracia.

Un segundo detalle que nos explica un poco más la intención del autor es la forma de las manos. Este crucificado no está clavado en la cruz. Sus manos con las palmas hacia arriba nos lo delatan. La forma de las manos, palma abierta con los dedos unidos y hacia arriba, los brazos en cruz que no soportan el peso del cuerpo muerto, nos hacen ver que la intención del autor va por un lugar muy diferente al de proporcionarnos una visión realista de Jesús muerto en la cruz. El P. José María trata de transmitir con esta imagen de Cristo muerto el abandono total en manos del Padre. Las manos denotan la entrega absoluta de su vida. Ya, no le queda nada, no se ha reservado nada. Su vida entera la entrega, con la muerte, a su Padre. Esa experiencia es absolutamente la que vive el autor: Cristo nos salva por su muerte en tanto que es entrega total al Padre.

Se puede intuir por la forma de las piernas y por la no apoyatura del peso del cuerpo sobre los brazos que es un momento de ascensión, de inicio de resurrección. La cruz ha sido sobrepasada (y de hecho sólo se apoya en esta en un punto en la espalda, quedando hueco entre las manos y la cruz) y Jesús no ha quedado desplomado sobre ella. Dios está resucitando a Jesús que por fin ha cumplido su misión. La mejor forma de entender la resurrección es viendo a Jesús entregado por completo al Padre en la cruz. Los que sois alumnos o lo habéis sido, seguro que habéis escuchado a los frailes decir alguna vez: “En Jesús, lo encontramos todo” que es una frase de nuestro fundador. Pues esta es la experiencia que me transmite nuestro Cristo del colegio. Jesús ha muerto, pero no con una muerte propia de la cruz: llena de dolor, de fuerza,... como tantas veces lo encontramos representado. Sino que su muerte nos transmite esperanza y confianza. Su rostro es delicado, sereno. Sus brazos no están desplomados sino levemente levantados, como si estuviera ofreciendo algo. De hecho, así es. Jesús se ofrece por entero en su muerte, y ya en la cruz se puede ver el sentido de la vida: no está solo. Dios está con Él. Como de alguna manera ya nos enseñaron los primeros cristianos, la cruz no es símbolo de sufrimiento y dolor, sino de gloria. Es ahí donde se manifiesta el mayor amor (“...los amó hasta extremo”).

Para terminar, me gustaría hacer un comentario sobre el conjunto original. Al principio, la única que acompañaba a Jesús en el presbiterio era María. También en ella encontramos una paradoja semejante a la anterior. La figura, es también de líneas claras, sencillas, ausentes de escorzo y fuerza. Su disposición es inclinada hacia la cruz y sus manos están dispuestas para ofrecer algo. Nos preguntamos ¿qué es lo que ofrece esta imagen de María serena, tranquila y confiada? La palma del martirio. El contraste es grande. La dulzura de sus gestos nos chocan con la palma que portan sus manos. Esto también es la experiencia espiritual que nos transmite el autor. En esa palma se simboliza la entrega absoluta de su vida. Todo lo que es, lo da a su Hijo, pero no de una manera forzada o dura, sino con total confianza, con alegría, así lo notamos con la pequeña sonrisa que dibujan sus labios.

Pensad, por último, en el altar de la iglesia. Cristo es el centro absoluto. Por él, llegamos al Padre. Junto a él, a sus pies, está María, que muestra, con su expresión obediente y agradecida el camino para acercarnos al Señor. Así, hemos logrado acercarnos a la experiencia principal del cristiano: la confianza en el Amor de Dios manifestado en Jesús, a quien llegamos por María.

Espero que haya podido servir un poco este artículo para mirar de nuevo nuestro Cristo. Por él, se hizo este colegio. Por Él los hermanos de los ss.cc llegamos aquí hace cincuenta años. Por él, queremos seguir sirviendo hasta el final. No os canséis nunca de mirarlo y, si podéis, uno de estos días pasad a saludarlo, a recordar que siempre estuvo a vuestro lado, que antes de mirarlo vosotros, Él se había entregado por todos.